Estoy en London, encerrado en la habitación, conectado al mundo vía wifi. Dentro de un rato estaré en Londres (que es en lo que los españoles convertimos el London de los ingleses cuando vamos en grupo, hablando fuerte y contando chistes), pero antes necesito estar un rato solo.
No sé por qué me he dejado llevar (mejor dicho: no sé por qué me he dejado traer) a esta reunión. En realidad, no estaremos sólo los españoles. Seremos un grupo heterogéneo y amorfo de técnicos de distintas áreas, españoles desubicados en distintas zonas de Europa, Asia y América y algún que otro fichaje local de alguna que otra de nuestras sedes en el extranjero. Resumiendo (to cut a long story short, que estamos en London): esto puede acabar como el rosario de la aurora.
Aún no he tenido tiempo de abrir la maleta, pero tenía que verte, querido maldito diario. El cabrón de Lolo me recogió en mi casa a las ocho de la mañana. Habíamos quedado a las siete y media, pero el tío no admitió mis protestas (Tengo soluciones para todo, dijo) y pisó a fondo el acelerador, convirtiendo su Audi en un parque de atracciones, en una montaña rusa.
Juro que jamás he ido hacia un aeropuerto más asustado. Lolo es de los que aceleran mirando al acompañante. Me contaba no sé qué historias sobre un gamberro que le había abollado el capó, pero yo sólo escuchaba el redoble de mi corazón, clamando por su supervivencia. No respiras, no oyes, no respondes. Entonces adelanta como lo haría Hamilton (la comparación con Fernando Alonso no es apropiada porque Fernando Alonso es seguro y no se sale nunca) y se te pone cara de gilipollas y Lolo va y se parte de risa contigo. Que tengo un Audi, tío, grita, pero tú no lo escuchas porque ha abierto el techo descapotable. Son las ocho y diez y hace un frío de cojones, pero ¿para qué está si no la capota?
¿Qué modelo es éste?, preguntas para que no se te note el canguelo, pero el viento no te deja escuchar la respuesta.
Has pisado la línea continua, gritas. ¿A que no se ha roto?, te responde. ¿Qué más le iba a decir?
A mí el carné por puntos me la refanfinfla. Anda que no me tienen que pillar veces para quitármelo, pero los trescientos euros de multa no veas cómo me joden, afirma, pero no se pone el cinturón porque le arruga la camisa, no sabe para qué sirve el espejo retrovisor, no es racista (le da igual el color del semáforo) y, por supuesto, no pone el intermitente porque sabe bien adónde va.
Nada más llegar al hotel, Lolo ha desaparecido (a lo suyo), pero yo me he alegrado de pisar tierra firme.