lunes 26 de mayo de 2008

El mono desnudo


“Hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos de ellas están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo sapiens. Esta rara y floreciente especie pasa una gran parte de su tiempo estudiando sus más altas motivaciones, y una cantidad de tiempo igual ignorando concienzudamente las fundamentales. Se muestra orgulloso de poseer el mayor cerebro de todos los primates, pero procura ocultar la circunstancia de que tiene también el mayor pene, y prefiere atribuir injustamente este honor al vigoroso gorila”.


(Desmond Morris, El mono desnudo)

¿No voy a tener problemas?

viernes 23 de mayo de 2008

El despertar de la Bella Durmiente


Sí, mi querido maldito diario, me he despertado como la Bella Durmiente, pero no la de Disney, sino la de alguna película erótica. Ya sabes, un beso en los labios y tus ojos se abren como platos. Luego los cierras porque te ciega el sol que entra por la ventana. Encima es raro, sol en Londres...

¡Estoy en Londres!, recuerdas, y te preguntas quién te ha besado y quién está bajo el agua que se escucha caer en la ducha. Te pones los pantalones y sales de la habitación antes de encontrar el resto de la ropa. Cierras la puerta tras de ti. 512, pone en la puerta. ¡Maldición! Y corres a la tuya intentando que no caiga en tus pensamientos el nombre de Dolores...

He estado cuarenta minutos bajo la ducha (la de mi habitación). Bajo el agua uno puede relajarse y pensar, y además no se escucha el teléfono ni la puerta si alguien te llama.

Al final, me he secado sin saber exactamente qué ocurrió anoche.

He conseguido hilar, sin embargo, algunos detalles que alcanzo a recordar, pero que no arrojan ningún resultado concreto. Sé que tomé más copas de la cuenta, que por ser la última noche habíamos ido a un restaurante con música en directo, que bailé con todas las que me lo pidieron (incluyendo a La Pantera) y que la cosa acabó tarde. Recuerdo a Lolo, a lo suyo, y me consta que me sentó mal la mezcla del ron con un champán malísimo que se sirvió a raudales.

Tengo además una imagen distorsionada de un taxi y una chica con el pelo rubio pantera, bueno, no una chica, una sombra rubia abrazada a mí, pero ya he dicho que fue mucho el alcohol y veo la cosa tan lejana, tan borrosa... que he ascendido de pringado a infiel sin pasar por la casilla de salida.

jueves 22 de mayo de 2008

Lost in translation

Ayer se salvó el día gracias a una presentación que hizo uno de los tipos más pesados que habíamos traído desde España, un cerebrito del departamento de estadística, gracias al cual pasamos dos horas más de lo previsto en la sala de congresos del hotel. Gracias a este milagro se retrasó la cena y se suspendió la posterior excursión al musical de Saturday Night Fever.

Y digo milagro porque las reuniones informales entre sesión y sesión se están convirtiendo en un guateque continuo ron-con-cola arriba, ron-con-cola abajo. Ya me han abordado dos colegas de Barcelona que se proponían irse al barrio malo a hacer cosas malas y una economista casi sesentona de la sucursal de Rio que quería bailar samba conmigo.

Pero los buenos ratos pasan más rápido que los malos y, por culpa de mi antisocial manía de esquivar los grupos, me he presentado a cenar el primero, me he sentado en una mesa solo y no he podido escoger a los compañeros de cena, ni impedir que La Pantera se sentara junto a mí, rozándome descaradamente mientras ajustaba su famoso trasero a la silla que estaba a mi lado.

Luego, se ha lanzado.

La cena ha sido todo risas, esas bromas eternas y repetidas en todas las cenas de trabajo, los mismos chistes, las mismas tonterías sobre los que no están presentes, y una frase fuera de lugar. Estoy en la 512. ¿Te gustaría subir luego? Yo ni la he mirado. He lanzado una mirada a Lolo (S.O.S.) pero Lolo a lo suyo, pendiente de una chica afroamericana de la sucursal de California, y La Pantera (¡coño, he olvidado su nombre de repente!) ni siquiera ha bajado la voz para preguntarme esto. Yo he tragado saliva y he digerido la frase. No creía lo que acababa de oír. Era como si me hubieran hablado en un idioma extranjero y me hubiera perdido en la traducción.

Por lo mismo, me he hecho el sordo, he terminado de cenar y me he escabullido de nuevo. Me he encerrado en la habitación y me he puesto a mandarle email un a Dolores, y luego otro, y otro, como penitencia por los malos deseos no deseados.

martes 20 de mayo de 2008

Aventuras en Londres

Me he escabullido. Después de dos días de reuniones, comidas, reuniones y más reuniones, he conseguido escabullirme.

La cosa está peor de lo que esperaba. Había poco ambiente de trabajo y mucho de relacionarse con los compañeros y... La Pantera, efectivamente, estaba allí. Lolo, desaparecido. Vamos, a lo suyo. Y en estas cuarenta y ocho horas hemos tenido apenas un par de presentaciones y proyectos, pero nos han llevado a conocer Londres tres veces: una en el bus panorámico, otra a cenar en un barco-restaurante sobre el Támesis y esta tarde a hacer un recorrido por el centro, incluyendo la Noria del Milenio, momento que he aprovechado para escaparme y regresar al hotel.

En realidad, como he huido a pie, antes de encontrar un taxi me di de narices con una tienda de discos, donde me entretuve buscando y rebuscando y salí con unos discos de Mingus y de Sting que no tenía. Se me cambió el humor y decidí ir andando. Me paré en Trafalgar Square a comerme un perrito y a escuchar un trío de jazz que no lo hacían del todo mal.

Cuando llegué al hotel, pedí la llave y un botones que era Tiger Woods en bajito me informó que mis compañeros de cónclave ya habían llegado y que llevaban un rato preguntado por mí. Están en el bar, me informó Tiger, torciendo el gesto para indicarme que me llevaban unas copas de ventaja. Yo me quedé inmóvil, estático, delante de la puerta abierta del ascensor. Los animales huyen a la primera señal de alarma, los humanos nos quedamos petrificados. ¿No va a subir? ¿Cómo? ¿Desea ir a algún otro lado?, insistió Tiger. Entonces una luz me iluminó. ¿Conoces algún club de jazz que esté cerca?, pregunté, por preguntar, porque sabía que me iba a llamar un taxi por el módico precio de cinco libras de propina, un taxi que me iba a traer en unos minutos al Ronnie Scott’s, donde no me veían el pelo desde hace cinco años.

De allí vengo. Ha sido una noche fantástica (y fabulosamente solitaria). Cena y jazz. Ha tocado una pianista japonesa llamada Hiromi, que me ha sorprendido agradablemente. Tendré que comprarme algún disco suyo.

De momento, he salvado el día (y he salvado el tipo). Mañana, Dios dirá.

domingo 18 de mayo de 2008

Grand Hotel

Estoy en London, encerrado en la habitación, conectado al mundo vía wifi. Dentro de un rato estaré en Londres (que es en lo que los españoles convertimos el London de los ingleses cuando vamos en grupo, hablando fuerte y contando chistes), pero antes necesito estar un rato solo.

No sé por qué me he dejado llevar (mejor dicho: no sé por qué me he dejado traer) a esta reunión. En realidad, no estaremos sólo los españoles. Seremos un grupo heterogéneo y amorfo de técnicos de distintas áreas, españoles desubicados en distintas zonas de Europa, Asia y América y algún que otro fichaje local de alguna que otra de nuestras sedes en el extranjero. Resumiendo (to cut a long story short, que estamos en London): esto puede acabar como el rosario de la aurora.

Aún no he tenido tiempo de abrir la maleta, pero tenía que verte, querido maldito diario. El cabrón de Lolo me recogió en mi casa a las ocho de la mañana. Habíamos quedado a las siete y media, pero el tío no admitió mis protestas (Tengo soluciones para todo, dijo) y pisó a fondo el acelerador, convirtiendo su Audi en un parque de atracciones, en una montaña rusa.

Juro que jamás he ido hacia un aeropuerto más asustado. Lolo es de los que aceleran mirando al acompañante. Me contaba no sé qué historias sobre un gamberro que le había abollado el capó, pero yo sólo escuchaba el redoble de mi corazón, clamando por su supervivencia. No respiras, no oyes, no respondes. Entonces adelanta como lo haría Hamilton (la comparación con Fernando Alonso no es apropiada porque Fernando Alonso es seguro y no se sale nunca) y se te pone cara de gilipollas y Lolo va y se parte de risa contigo. Que tengo un Audi, tío, grita, pero tú no lo escuchas porque ha abierto el techo descapotable. Son las ocho y diez y hace un frío de cojones, pero ¿para qué está si no la capota?

¿Qué modelo es éste?, preguntas para que no se te note el canguelo, pero el viento no te deja escuchar la respuesta.

Has pisado la línea continua, gritas. ¿A que no se ha roto?, te responde. ¿Qué más le iba a decir?

A mí el carné por puntos me la refanfinfla. Anda que no me tienen que pillar veces para quitármelo, pero los trescientos euros de multa no veas cómo me joden, afirma, pero no se pone el cinturón porque le arruga la camisa, no sabe para qué sirve el espejo retrovisor, no es racista (le da igual el color del semáforo) y, por supuesto, no pone el intermitente porque sabe bien adónde va.

Nada más llegar al hotel, Lolo ha desaparecido (a lo suyo), pero yo me he alegrado de pisar tierra firme.