Querido maldito diario, la vida te enseña muy lentamente, lección a lección y en dosis pequeñas. Dentro de una semana cumpliré los 40 y puedo decir que soy feliz, quizás porque en este momento no necesito mirar al futuro.
He descubierto que no soy
feo, por más que le pareciera a Laura más atractivo cualquier tío que le prestara atención. Tampoco soy ya un recién divorciado. Llevo en esto dos años y me siento con ganas de pensar en mí, sólo en mí, sin necesidad de añadir nadie más a la fórmula para ser feliz.
De acuerdo, he tenido que dimitir del trabajo y alejarme de los amigos para encontrarme a mí mismo, pero ¿hay algo eterno? Ahora tengo perspectivas, abstractas pero perspectivas al fin y al cabo. He comprado la casa del pueblo y me quedan algunos ahorros. La casa es tosca pero admite mis cambios y las vistas del río son espectaculares. En el fondo de mi alma, siempre envidié la casa del abuelo de Heidi, en medio de la naturaleza, libre y alejada de las malicias del espíritu humano. La mía se va a convertir en el refugio adecuado.
Me retiro, maldito diario, dejo de escribir. Voy a vivir una vida real y no tengo miedo a hacerlo. Tengo cerca cuanto quiero, incluida a Eva, mi amor imposible de la adolescencia. Ella es feliz en su matrimonio pero también está ahí, cerca. Sus hijos son felices. Mis padres son felices. Yo soy feliz.
En algún momento mis ahorros se acabarán, necesitaré un trabajo y quizás tenga el valor de aceptar un trabajo sencillo y sin preocupaciones ni viajes ni dietas ni pluses ni primas ni estrés. Dibujaré mi camino sin prisas. Estaré cerca por si me necesitan mis padres y estaré abierto por si aparece el amor. No voy a acelerar nada. El viento sopla suave por las noches y se oye el río desde mi cama. Ojalá los de Telefónica no lleguen nunca con el ADSL.
A estas alturas, todo lo que me está ocurriendo me parece una segunda oportunidad, una nueva opción para borrar fallos de la adolescencia y enmendar el desmadre en que se había convertido mi vida, aunque el mismo hecho de frenar parezca una locura, pero la vida, como todas las locuras, merece la pena vivirla.
Me acordaré mucho de ti, de eso estoy seguro, mi querido maldito diario.
Hasta siempre.